¿Cómo aprende el cerebro adolescente?
Buenas tardes, buen miércoles, te haz preguntado alguna vez como funciona el cerebro en los estudiantes en momentos de cambios intensos? La adolescencia es una etapa de cambios: emocionales, físicos y también cerebrales. Entender cómo funciona el cerebro adolescente no solo es útil para los docentes, sino también para quienes acompañan día a día la vida escolar: los preceptores.
Desde la neuroeducación, una disciplina que une la pedagogía con los aportes de la neurociencia, podemos comprender mejor por qué los adolescentes piensan, actúan y aprenden de ciertas maneras, y cómo ese conocimiento puede transformar la forma en que los acompañamos.
¿Qué pasa en el cerebro adolescente?
Durante la adolescencia, el cerebro se encuentra en plena “reorganización”. La corteza prefrontal —la zona encargada de planificar, tomar decisiones y controlar impulsos— aún está en desarrollo. En cambio, el sistema límbico, que gestiona las emociones, se activa con fuerza.
Esto explica por qué muchas veces los jóvenes reaccionan desde la emoción más que desde la razón. No se trata de falta de madurez o rebeldía gratuita, sino de un cerebro que está aprendiendo a equilibrar emoción y pensamiento.
¿Por qué es importante para los preceptores?
El preceptor tiene un rol clave: es quien observa, acompaña, escucha y sostiene cotidianamente al estudiante. Comprender el funcionamiento del cerebro adolescente permite mirar las conductas desde otro lugar, con empatía y perspectiva pedagógica.
Por ejemplo:
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Un estudiante que se distrae fácilmente no necesariamente es “vago”; su cerebro aún está desarrollando la capacidad de atención sostenida.
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Las emociones intensas o los cambios de humor son parte del proceso de maduración neurológica.
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La búsqueda de pertenencia y reconocimiento entre pares responde a una necesidad profunda de conexión social, esencial para el aprendizaje.
Estrategias de acompañamiento desde la neuroeducación
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Validar las emociones: enseñar a reconocer y nombrar lo que sienten.
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Fomentar la curiosidad: los adolescentes aprenden mejor cuando algo los motiva o despierta su interés.
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Dar espacio a la autonomía: involucrarlos en la toma de decisiones sobre su propio proceso escolar.
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Promover el aprendizaje social: el cerebro adolescente aprende en grupo; las actividades colaborativas fortalecen la empatía y la memoria.
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Reconocer el error como parte del aprendizaje: el cerebro aprende más cuando puede equivocarse y volver a intentarlo.
El acompañamiento preceptorial como puente
El preceptor, más que un controlador de asistencia, es un mediador del vínculo entre emoción y aprendizaje. Su cercanía cotidiana le permite detectar señales tempranas de desmotivación, malestar o desconexión.
A través de la escucha y el acompañamiento, puede ayudar a que el estudiante encuentre sentido en la escuela y confíe en sus propias capacidades. Y ese es, justamente, el primer paso para que el aprendizaje sea posible.
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