Una mirada flexible como futura preceptora
Buen sábado para todos, al hablar de educación integral es hablar de una escuela que forma personas completas, no solo estudiantes que aprenden contenidos.
Una educación verdaderamente integral busca desarrollar la mente, el corazón y los valores, para que cada alumno crezca en conocimiento, pero también en humanidad.
Como futura preceptora, creo firmemente que la escuela tiene que ser un espacio donde los chicos y chicas se sientan acompañados, escuchados y valorados.
La educación integral no se enseña solo con libros: se construye todos los días, en cada vínculo, en cada conversación y en cada gesto.
¿Qué significa una educación integral?
Significa que la escuela no se limita a enseñar materias.
También educa en valores, en convivencia, en respeto y en emociones.
Busca que cada estudiante pueda desarrollar todas sus dimensiones:
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Intelectual: aprender, razonar, reflexionar.
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Emocional: reconocer y expresar lo que siente.
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Social: convivir con otros, respetar las diferencias.
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Ética y moral: tomar decisiones responsables y solidarias.
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Física y espiritual: cuidar su cuerpo, su salud y su bienestar interior.
El rol del preceptor en la educación integral
El preceptor tiene un papel fundamental.
Es quien está cerca de los estudiantes todos los días, quien percibe sus cambios de ánimo, quien nota si algo anda mal o si alguien necesita un apoyo extra.
Desde nuestro rol podemos:
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Escuchar sin juzgar.
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Acompañar en momentos difíciles.
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Orientar con empatía.
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Promover valores como la solidaridad, el respeto y la responsabilidad.
El preceptor es, en muchos casos, el primer adulto en quien el estudiante confía.
Y esa confianza es la base para que la educación integral sea posible.
Una escuela que enseña a vivir
La educación integral busca preparar a los alumnos para la vida, no solo para aprobar materias.
Por eso, es fundamental que la escuela sea un lugar donde se aprenda a:
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Resolver conflictos dialogando.
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Trabajar en equipo.
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Ser empáticos y solidarios.
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Cuidar de uno mismo y de los demás.
En ese camino, el preceptor cumple una función insustituible: humanizar la escuela, recordando que detrás de cada alumno hay una historia, una emoción y un potencial enorme.
Como futura preceptora, sueño con una escuela donde cada estudiante pueda aprender, pero también sentirse visto, comprendido y querido.
Porque solo así lograremos una educación que forme personas capaces de transformar el mundo desde el respeto, la empatía y el compromiso.
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